Siempre tengo la duda de cómo abordar la filmografía de un cineasta cuando la primera que has conocido es su última obra. Si empezamos desde el primer cortometraje y llegamos al presente en orden cronológico iremos viendo, por norma general, una mejora técnica y una creciente ambición en las historias. El orden inverso nos invita a ir quitando capas, trabajo a trabajo, hasta llegar al corazón de la primera motivación cinematográfica del autor o autora. Aunque prefiero la segunda vía, existen filmografías para las que estos itinerarios no sirven: hay quienes exploran un tema recorriendo sus aristas en cada trabajo, como si visitáramos diferentes corredores en un mismo laberinto. Este es el caso de Nayra Sanz Fuentes.

Veinticuatro horas en la vida cotidiana de Ana, encarnada por Teresa Ruano, pueden revelar hasta el más profundo de sus secretos. Habíamos visto a esta actriz en un lacónico papel de réplica a Ángela Villar en Diamond Flash, de Carlos Vermut. Sus ojos expresaron entonces el texto que el guión no puso en su boca. Quizás eso llevó a Nayra a elegirla como protagonista de su cuatro trabajo corto, Un día cualquiera. Teresa habitaría por varios días en la casa de la cineasta mientras duraran los ensayos. Era fundamental que la actriz supiera moverse por la que sería la localización principal como si estuviera en su propia casa. El conocimiento de cada armario, de cada botón de electrodoméstico, así como la precisión al abrir, accionar o buscar elementos del hogar era de vital importancia para hablar de un trastorno alimenticio que se nos muestra en tiempo real.

No fue así en el panorama del cortometraje español reciente. Contracuerpo, de Eduardo Chapero Jackson, nos hablaba de otra patología; la anorexia, con una fábula formal de factura vistosa cuyo peso interpretativo caía en la también expresiva intérprete Macarena Gómez. Ana desea no ser, de Iñaki Roldós, lleva la problemática, tres años después, a un plano aún más abstracto. En este caso el montaje de atracciones, en un espacio casi teatral, dibuja un retrato simbólico de la misma enfermedad. Nayra Sanz Fuentes en cambio, ha optado en Un día cualquiera por un sistema realista de representación. Esto le permite reproducir los procesos que desencadenan en el trauma para apuntar después hacia sus posibles causas.

Un dia cualquiera

Anniversary (2009), su primer cortometraje, prepara con un dispositivo explícito la tensión entre las apariencias y la realidad. Su protagonista reconstruye sobre la mesa del comedor una cena de aniversario con total normalidad mientras, a través de pequeñas escapadas a la cocina, comprendemos la doble cara de la situación. Encounter (2010), codirigido con su hermano Javier, tiene brazos más largos que escapan de la prisión hogareña. En ella habita una familia a la que molesta el fuerte compromiso laboral de una madre trabajadora que se ve atrapada entre diversos chantajes emocionales de su entorno. En Things in Common (2011) la idea de dos desconocidos trasciende a premisa. Una pareja improvisada se ha acostado en casa de Ella y el arranque del día será un proceso de inverosímil conocimiento mutuo. Al contrario del celuloide del primero y del P2 con monturas de 35mm del segundo, éste está rodado en video operado por la propia autora. El nuevo formato cuaja en un estilo más doméstico, donde la cámara se hace evidente.

Todos los trabajos antes citados quedaban encorsetados con giros finales que eclipsaban los cuidados diálogos, las interpretaciones y la acertada dirección de actores. No ocurre así en Un día cualquiera, para cerrar la tetralogía. La vuelta al video se realiza con un estilo más sobrio y menos evidente; con un buen trabajo de cinematografía por parte de Carlos Vásquez. Se resuelven los espacios con pocos planos que dejan aire a los diálogos y al acting. Los tempos largos sitúan al espectador en la tesitura de observar un duro proceso cotidiano en su estricta duración.

En el laberinto de Nayra, la entrada está casi siempre al comienzo del día. Un despertar en la cama de un apartamento, con un personaje femenino (Yo) que mira al hombre (El otro) de al lado como si fuera un extraño. Después el camino se va complicando al llegar a las cocinas. Es allí donde tienen lugar las conversaciones banales, donde se esboza la relación entre la pareja y se guisa la trama. Las mesas del salón o de las cocinas americanas son el tablero sobre el que el problema se pone de relieve: la incomprensión, la soledad, la imposibilidad para la felicidad o el trauma. Y así, en un entorno doméstico, cada habitación se convierte en la estancia de una cárcel que parece que saliera de la cabeza de cada protagonista. Un gran laberinto que la autora va retratando, como si en una visita, nos mostrara su propia casa.

Samuel Alarcón

Publicado en Cortosfera en junio de 2014

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One Response so far.

  1. leer mas dice:

    Esta web es realmente un paseo a través de toda la información que quería sobre este este tema tan interesante y no sabía a quién preguntar .

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