El cine siempre mantuvo una estrecha relación con el crimen. Podemos afirmar que se ha convertido en su mejor difusor tras dar el relevo a la literatura. Desde el primerísimo Hitchcock de The lodger (1927) o M, el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang, por poner dos ejemplos señalados, el tema ha arraigado en el lenguaje cinematográfico por la fuerte capacidad de empape que éste siempre tuvo para retratar lo más abyecto de la naturaleza humana. Que las películas hayan contado tantas veces la historia de un asesinato deviene en que el cine contenga el crimen como un cromosoma más en su ADN.

Pulse 1

Teniendo en cuenta esta esencia miles de largometrajes han explotado el género y buscado nuevas aristas que refresquen la arquitectura del “thriller”. Hábiles guionistas han trabajado la psicología del asesino, la sorpresa en la captación de víctimas, la habilidad para seducirlas, la crueldad al ejecutarlas o la perspicacia del investigador para encontrar patrones sobre los hechos. Brillantes cineastas han elegido el ritmo y el tono adecuado, creado las atmósferas pertinentes y transfigurado actores que han encarnado a los hombres del saco del siglo XX a nivel global.

Hace unas semanas publicábamos lo último que ha dado el “thriller” español con cortometrajes como El otro o El paraguas de colores. A pesar de los notables resultados y tomando el asunto con perspectiva, el metraje corto adolece a mi entender del tiempo que requiere un género que se construye con el uso de la duración. Como ocurre con sus bandas sonoras, lejos de explotar o resolver tempranamente, las notas se mantienen para hinchar la tensión y las melodías minimalistas deben materializarse en un largo crescendo.

Ni una nota musical contiene Pulse de Álvaro Giménez Sarmiento. No necesita la tensión para contarnos un crimen. Los materiales de construcción dramática parecen salidos de un archivador de la policía conformando la película en no más de 25 planos. Cada uno de ellos es una mirada fría, como si no hubiese sido creada por un humano. Visiones objetivas o documentales generadas desde lo científico o lo automático.

Unas fotografías de un cadáver adolescente con realismo forense advierten que el mecanismo narrativo contiene altas dosis de síntesis. El montaje aísla los planos con violentos cortes a negro que refuerzan su singularidad como indicios policiales, ya encontrados o no todavía. Este enfoque permite a Giménez Sarmiento centrarse en lo que el crimen deja detrás: la plástica de la prueba. Hablamos de la textura sonora de los cassettes que documentan los testimonios de los familiares de las víctimas, de la degradación de los cadáveres en el laboratorio forense, del low-fi en las grabaciones de cámaras de seguridad y del proceso mecánico que experimenta un expediente policial hasta su resolución. A pesar de su objetividad, estas imágenes y sonidos filtran el dolor, la violencia y la perversión. Todo ello queda en un segundo plano formal que, contra todo pronóstico, magnifica la crueldad. Así el autor construye su relato haciéndolo pasar sobre la tradición del “thriller” porque es consciente de que cada espectador sabe cómo se desarrolla un caso de estas características, al menos en una película.

Pulse 2

Un elemento más entra en juego en Pulse al mismo nivel que los citados planos-prueba. En ciertos momentos una cámara omnisciente se planta en los lugares clave del proceso. La naturaleza de estas imágenes impone una mirada, en apariencia casual, que nos ubica en posiciones vagas. Sus encuadres impertérritos y el descriptivo diseño sonoro no sólo nos dibujan un espacio en su dimensión espacial sino también temporal. Sin embargo suponen también un trampantojo, en momentos confuso con relación al punto de vista que debe adoptarse como espectador. En este sentido Fernando Pomares realizó un interesante cortometraje titulado Alto Sauce (2011) también alrededor de las evidencias que deja un caso. Su elección fue armar puestas en escena para contextualizar las pruebas bajo su omnisciencia. El resultado nos sugiere una transposición a la ficción de lo que Errol Morris construyera en su The thin blue line (1988). Pero en ambos casos, ¿Debemos unir las pruebas o dejarnos llevar por el relato? Hace falta ser público y no detective para descubrirlo.

Creo no estar invalidando ninguna sorpresa si uso como ejemplo de todo lo dicho el primer plano de la película. Una mano juvenil tendida sobre un lecho de hojas agarra algo parecido a un lápiz o quizás una astilla arrancada. El encuadre es poderosamente azaroso, como si la cámara hubiera caído al suelo junto al cuerpo de su operador y siguiera grabando su propia muerte. Pero es tras el sonido de la lluvia donde, al borde del enmascaramiento y fuera de cuadro, suenan los movimientos nerviosos de la tercera persona que evidencian y delatan al asesino. La cinematografía versátil de César Pérez se complementa a la perfección con el narrativo diseño sonoro de Beltrán Rengifo.

Pulse es, en definitiva, un concierto de cámara que suena monócromo y que funciona como avanzadilla junto a Alto sauce en la renovación del género. Se intuye la apuesta de una deseada evolución del “thriller” español en largometraje.

Samuel Alarcón

 

Publicado en la revista Cortosfera

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