David Pantaleón es un actor convertido en cineasta a base de rodar. Con la bandera de guerrillero en la mano ha trazado una trayectoria en el corto que pasa por hibridaciones entre documental y ficción, por cine de género, así como por diversas experimentaciones audiovisuales y fotográficas. Este autor ha construido su filmografía sobre certámenes de cine instantáneo, maratones de creación con límite de tiempo, viajes a festivales, y encargos puntuales además de sobre la propia motivación.

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Hace un tiempo Pantaleón y su equipo aceptaron un encargo convencional para llevarlo a terreno propio y realizar un cortometraje coherente, tierno y pertinente. A lo oscuro más seguro es un cuento que nos habla de una de las pulsiones atávicas en el ser humano: la caza. Se representa al ciego convertido en cazador con la ayuda de los sentidos sanos de sus compañeros. Éste es el segundo capítulo de su “Trilogía de cuentos de cartón” que completan Fondo o forma y La pasión de Judas. La serie fue creada con un grupo de disminuidos psíquicos que cursaban un taller de cine en un centro social. Todo el conjunto contiene una escritura iconológica y también una cierta imaginería popular a nivel plástico y narrativo. El lenguaje en sentido clásico pierde ortodoxia a medida que la trilogía avanza. En A lo oscuro más seguro domina el encuadre construido y un escaso peso en la continuidad de los planos. Veremos potenciados estos aspectos en La pasión de Judas, aún en fase de postproducción, en el que los cuadros tienen autonomía y que en conjunto podrían leerse como una serie de viñetas complejas.

Uno de los elementos más destacables de A lo oscuro… es como esta película se salta un prejuicio de autocensura que muchos se imponen al trabajar con disminuidos. Cuando lo políticamente correcto sería enmarcar la minusvalía como diferencia para lograr la sensibilización, ésta es llevada al tono de la comedia en los lindes de lo llamado hoy posthumor. No se busca el absurdo o lo kitsch y sin embargo se consigue mirar a los personajes con una ternura que encuentra un lugar propio y ante la que el espectador puede reír sin sentirse culpable. El autor hace coincidir así sus objetivos con los del taller que imparte, dado que los propios alumnos son los actores. Se muestra de manera honesta y libre de tabúes su potencial interpretativo. Igual que en el resto de la trilogía, los últimos planos de A lo oscuro… contienen una catarsis explícita, un golpe de efecto desconcertante que nos arroja a un terreno colindante con Sam Peckinpah. En esta receta ingredientes como lo grotesco, lo tierno, y lo violento encajan.

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Mención aparte merecen la música de Pedro Perles que colabora en la construcción del tono para llevar la película hacia la ternura de la que antes hablábamos; la fotografía de Cris Noda, siempre arriesgada en exteriores-noche y, sobre todo, la dirección de arte en la que Laura Millán aporta diseños y ejecuciones conmovedores. Su trabajo con el cartón marca el grado de abstracción que el espectador debe asumir para conferir el tono de fábula a la historia y a toda la trilogía.

Aunque no es su única preocupación, David Pantaleón lleva tiempo interesado en las representaciones de lo castizo para mostrar así el misterio que encierra el duende español. En varios cortometrajes trata la problemática personal que supone compaginar los empleos alimenticios con la auténtica vocación. Se retrata el ejercicio del oficio tradicional como el momento de liberación del individuo. Ésta puede darse a través del ejercicio de un deporte de lucha como en La Tumbá, del arte del toreo para un mozo de almacén o para un cura de los de sotana en Por la puerta grande y Apostasía respectivamente, la destreza del baile flamenco en los meses de paro para el bailaor colombiano de Hibernando, o mediante la leyenda del cazador ciego en A lo oscuro más seguro. En estos cortometrajes una imagen vale toda la película: el momento en el que se manifiesta el saber tradicional en sus diversas expresiones.

Un buen amigo suyo me enseñó hace años un video con Pantaleón en pleno rodaje. En él, puede verse a David que manosea nervioso sus partes (nobles o no) desde el acción hasta el corten. Es un acto reflejo digno de personaje de Bigas Luna. Una imagen icónica de lo visceral que llega a ser este actor-director canario en su trabajo. Tanto o más que aquellas otras imágenes que es capaz de recrear en sus películas.

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Samuel Alarcón

 

Publicado en la revista Cortosfera

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