Publicado en junio de 2013 en la revista Cortosfera.

En las películas de Víctor Moreno lo cotidiano tiene algo de revelación. La piedra es un ejercicio de austeridad que bien podría erigirse como manifiesto del autor canario. Dentro de una piedra subyace una forma que descubriremos por mediación del trabajo del hombre. De la misma manera la propia película subyace bajo el registro de dicha acción. Nos encontramos pues ante una escultura cinematográfica.

El hombre es encuadrado como creador imperfecto, que se equivoca y al que se le pone el viento en contra pero que, a pesar de todo, sale adelante a base de pequeños gestos como son los impactos de martillo con los que se talla una roca. Golpe a golpe comprobamos cómo la técnica, fruto del desarrollo intelectual, en ocasiones falla y los más modernos avances de la misma como son la mecánica o las telecomunicaciones nos parecen endebles. Éstos siempre convivirán con la tecnología más antigua, aquella que permitió al hombre ser lo que es separándolo del resto de animales. Un saber que nos une a la tierra y que sirve de desahogo al autor de Edificio España para huir de la jungla de hormigón que ahí retrató y retomar lo esencial, que ya empezó a barajar en Holidays.

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Como si la película estuviera sin pulir, prescinde de todo ornamento. Grafismos, música, interpretación, montaje o puesta en situación quedan fuera de uso en una suspensión del espectáculo paradigmática en el sentido que otorgara a la expresión Jean-Louis Comolli. Se hace uso, eso sí, de un profundo campo de foco sobre el que se captan detalles con exhaustividad. La cámara oscila liberada ya totalmente del trípode de Holidays, lo que hace perder cierto rigor a la imagen, pero ganar en libertad y fluidez. Se evidencia así la presencia del cineasta que nos muestra ahora mejor el camino por el que abrirnos paso para encontrar la forma dentro de lo informe. Muy en la órbita de Rossellini, una panorámica de 360 grados en el lugar de trabajo del protagonista nos habla de él, de su trabajo, de su método al llevarlo a cabo, de su arraigo a la tierra y de cómo ésta siempre estuvo ahí y ha aprendido a convivir con el hombre desde que éste tiene conciencia de trabajarla. La herramientas con las que cuenta el autor son obviamente más complejas que las del tallista, pero el uso que hace de la cámara no es muy distinto al que se da al martillo y al cincel. Moreno se coloca en el mismo plano que aquel a quien filma. Un obrero retrata a otro(s). Es éste un cine observacional con carácter y con un claro objetivo: dignificar el trabajo del hombre.

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Un espectador impaciente podría reprochar a este trabajo el ocupar casi cincuenta minutos de su tiempo para indagar en un proceso que podría relatarse en cinco mediante recursos de los que se prescinden. La caligrafía del autor requiere largos planos que, como en el más paciente Pedro Costa, nos hacen sospechar de lo legítimo del documento. Pero nada más lejos de esto. De la misma manera que el observador de constelaciones invierte un tiempo para adaptar su vista a la oscuridad antes de mirar a las estrellas, Moreno nos sumerge en tempos que descomprimen nuestros (malos) hábitos en la lectura de imágenes. Una vez dentro del juego se nos abrirán perspectivas hacia lugares
insospechados: la textura de los objetos en pantalla, la violencia del trabajo para transformarlos, lo orgánico de los seres vivos o lo inerte del polvo que se desprende de lo ya esculpido. Todo ello nos coloca en el umbral de una cierta poética de la realidad.

El más franciscano de los cineastas españoles de su generación, lo es por su capacidad para crear un discurso fenomenológico desde dos elementos simples; dogma y paciencia. El dogma es el de documentar el trabajo humano como único valor activo del hombre ante su paso por la Tierra. La paciencia es el método a seguir para observar y registrar dicho trabajo. Detrás de esta fórmula
encontraremos un mensaje profundamente humanista: la confianza del autor en que lo cotidiano contiene las trazas que muestran al hombre como un ser extraordinario.

Samuel Alarcón

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