El mundo del cortometraje internacional se da cita en Europa año tras año en Clermont-Ferrand, Francia. Bajo el frío de la región y las fechas, el caucho de la fábrica de Michelín y la sombra de Rohmer y su Maud, las colas de espectadores están habituadas a esperas de veinte minutos para llenar salas de cientos de personas.

Este año languidecía todo bajo la crisis. El Clermont-Ferrand Short Film Market, es mercado del cine corto más importante del mundo organizado por un festival. Es el punto de encuentro de distribuidores, productores, festivales, televisiones. Este año, el número 23, faltaban los últimos. Escasa demanda para la apabullante oferta. Puestos de países en épocas pasadas punteros con sus selecciones nacionales de lo mejor del corto para el mercado, apenas llenaban este 2013 una esquina con la bobina de turno que ha recibido la subvención de turno. Quizás quiera esto decir que si es la bonanza económica la que engordó el corto años atrás, no es creatividad sino de negocio de lo que deberíamos hablar. Como comencé el párrafo, este año languidecía todo bajo la crisis.

Como en el siglo pasado ocurría con la vanguardia histórica más tardía; el surrealismo, en este 2013 sus ecos afloran ante la imposibilidad de digerir los cambios político-económicos que vivimos en el mundo de la creación audiovisual corta. Esto empapa a las tres grandes secciones del festival, Francia, Internacional, y Labo. Hemos planeado en las dos primeras y amerizado en la última.

En Francia, el ejemplo más sintético lo encontramos en Les sept péchés capitaux donde se recrean escenas pictóricas de El Bosco para llevarlas a la animación, aunque no faltan ejemplos que bien podrían haber sido programados en Labo como La Maison D´Olga. El cine de género tiene fuerte arraigo con películas de vampiros (Les profondeurs, Kali le petit vampire) o zombies (Nostalgic Z) seguramente mejor apreciadas desde posturas más iniciadas que desde este blog. Hablando de pecado se llega a comprender la penitencia: En Swing Absolu, cortometraje de ficción de notable factura, el pecado se justifica con la comprensión de sus razones. En Fleuve rouge, Shong Hong, la animación se superpone a la imagen real creando una síntesis sospechosa que ofrece razones para la muerte pero que se recrea en la estética. Desconfiamos de esta fórmula que se reitera en la mexicana Reality 2.0 inscrita en Labo, pero con la puntería de quien acepta sus limitaciones. En L´Étoile du Matin la muerte tiene su explicación a través de la imagen amateur captada los pasos de la seminal The Blair Witct Project en una interesante vuelta de tuerca, como también en Beausejour el mismo dispositivo narra un secuestro en tono de comedia. Para terminar Rodri, película francesa rodada en Colombia, nos hace ver que el gran cine está también más allá de géneros y propuestas estéticas y que se puede contener en 23 minutos.

Internacional es una sección que por compromiso comercial debe dar cabida a propuestas de varios países que en algunos casos no están a la altura de la muestra en sus cortometrajes. Así se escuchan todas las voces del mundo aunque algunas hablen más torpemente que otras. Nuestro país competía representado por cuatro películas, Camionero, Elefante, Voice Over y Anacos. A falta de haber visto todos para poder opinar, sí podemos hacerlo de dos de ellos. Voice Over  es un cortometraje de notable factura y que lleva en el guión el poso que Luiso Berdejo dejaba en cortometrajes como For(r)est in the Des(s)ert o La guerra en manos de nuestro compañero de estudios Martín Rosete, pero con un acercamiento al lenguaje publicitario que lo aleja del universo del guionista. Podemos hablar también de Anacos. En este corto autoproducido la pantalla partida ofrece una forma que es el propio contenido, lo que convierte el recurso en un fin. Supera así de manera brillante experiencias más publicitadas y en cierta medida insatisfactorias como la de La soledad (2007) en sólo 6 minutos. Betoniera, de Rumania, capitanea la vertiente de cortos que hablan de insurrección cotidiana. Pequeños gestos ejemplares de ciudadanos que deberían cambiar el mundo a la postre, pero queda quizás en lo anecdótico. En la misma línea 45 Degrees, desde Grecia, ofrece un masticable cortometraje antirracista que por generalizar un problema complejo lo lleva a los terrenos maniqueos de moral pseudo-izquierdosa que tan bien conocemos en España. Con más acierto parece enfocar el tema Prematur, de Noruega, que en un plano secuencia ilustra la problemática de manera más universal por ser más concreta. Para armar un helicóptero, México, que salió premiada, es una cuidadísima historia de crisis y de ingenio ante la adversidad. Con una forma redonda desde la fotografía hasta las elecciones tipográficas, sorprende que a pesar del excesivo metraje (40 minutos) la sensación final es de haber visto una bella y extraña película gracias a las salpicaduras de humor y humanidad que se deben leen en el férreo y hermético guión. Demasiados cortos se nos quedaron en el tintero de los casi 90 de la sección, aunque de algunos sea mejor ni acordarse.

 

En Labo en cambio sí que hemos podido profundizar. La muestra de Clermont-Ferrand reserva esta sección para las propuestas más arriesgadas por su narrativa o su plástica. Hay que decir que se nos antoja que varias películas aquí incluidas podrían haber participado en la sección Internacional sin provocar ningún sobresalto para el espectador y viceversa.

En la animación y en la línea de la citada Maison D´Olga, el surrealismo 2.013 encuentra su medio para materializarse. Sugerentes imágenes con idénticas temáticas de la citada vanguardia histórica nos devuelven a lo orgánico, a las engulliciones, a los golpes provocados con violencia, a las funciones vitales mermadas… La sugerencia se impone a la narratividad y la imagen del observador ajeno encarna a un autor que observa a su obra y forma parte de ella al mismo tiempo. Así en The great Rabbit un niño manipula un video para entender los actos de una deidad animal, mientras que en Velocity y Rossignol en décembre la mirada a través de la ventanilla de un vagón parece traer un despliegue de recuerdos, aún no digeridos, abocetados en el primer caso y brillantemente ejecutados en el segundo por parte del observador-autor. Last Breath  abstrae una situación política opresora hasta el punto de hacer ilegible cualquier conclusión clara, mientras que Lady and the Tooth medita con una forma imprecisa y violenta sobre la naturaleza del poder más primigenio. Sonntag 3, pone un toque de humor desde la vida privada de Angela Merkel con una plática cercana a Munch en un cóktel brillante pero dilatado. Para terminar con la animación y obviando propuestas naif, Bite of the Tail nos engaña con una propuesta más narrativa para contarnos todos los temas antes citados con un logrado tono de largometraje dramático.

Con poco espacio para el found footage, del que sólo hay dos ejemplos, en el terreno del documental, el surrealismo imprime las trazas de la duda sobre lo que es o no real. El hacer parecer ficción al documental en Piattaforma Luna permite hacer lánguidos guiños de humor al género de ciencia ficción para mostrarnos la vida cotidiana de buzos especializados. Si el resultado era dudoso en el corto italiano, en Liza Namo! de Lituania, la vida cotidiana de una niña de arrabal se eleva a poema en el sentido más pasoliniano. Así el mundo de la borgata con sus miserias sociales y el de el arte a través de la música y la naturaleza, se dan encuentro en los ojos de una niña incapaz de disolver todavía ambos mundos. En última instancia siempre me faltarán palabras para elogiar A story for the Modlins, de España, película que crea la citada duda con una ficción sobre un material documental. Quizás el secreto de su éxito es la verosimilitud de la trama de la que dudamos hasta ver un testimonio videográfico que hace que se tambaleen todos nuestros resortes perceptivos. Ganar el premio del jurado y el del público en Labo no es algo que se pueda ver todos los días.

 

El surrealismo cae en la ficción en maneras que se nos antojan, si no novedosas, sí en evolución al margen de las propuestas cinematográficas ya clásicas en el género. Tituladas en el programa cómo ficciones experimentales, películas como Chiens hablan de la soledad y el confinamiento voluntario en la relectura más interesante de Lisandro Alonso que hemos visto hasta ahora en cortometraje. The River, de Australia, nos abre el mundo juvenil desde la óptica rebelde del adolescente. Lo hace a través de un magma de rupturas narrativas  que van desde la dudosa manipulación del propio metraje como si fuera reproducido desde un vídeo casero, hasta un sobresaliente montaje que deja algunas secuencias en segundos con la habilidad de conferirla el mismo peso que a las que duran minutos. Malody, de Cánada, podría ser un videoclip de cualquier banda actual de rock alternativo de Manchester o una instalación en un museo de arte contemporáneo. Su autor en cambió, prefirió condensar esta experiencia de cotidiano surrealismo en un intenso cortometraje. Despliega así un universo de sugerencias en el que a los grandes motivos de la vanguardia ya citados antes se les pasa lista sin ausencias. Para terminar con la ficción es preciso destacar The giant, de Estados Unidos. Una película que nos devuelve al trauma del adolescente americano que abandona su hogar de infancia para comenzar su juventud en otro lugar. Lejos de la nostalgia del cine comercial norteamericano de los 80 en este ámbito, The giant, aprovecha el argumento para hablar de los miedos más profundos arraigados en la primera adolescencia, como la inseguridad, la aceptación o rechazo en el colectivo, los primeros encuentros sexuales y los temores periféricos que se acaban materializando en un rostro que bien podría ser el del mismo pánico.

Para terminar esta crónica hay que hablar, fuera de estadísticas de asistencia, de la calidez del público. Cientos de personas llenaban las salas en cada sesión a pesar de tener esperar colas de 20 minutos cada vez. Lejos de la actitud de desconfianza y autodefensa que se vive en otros países, el espectador de cortos en Clermont-Ferrand entra a la sala con una predisposición a disfrutar similar a la de un evento deportivo. La risa se contagia más y también la emoción entre tantos espectadores de todas las edades, desde estudiantes a jubilados. El país que inventó el cine es el que todavía reinventa la experiencia de quedar a oscuras en la sala de cine, aunque sea en tiempos cortos.

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