Con motivo del 50 aniversario de una película que nos marcó, El eclipse (1962) de Michelangelo Antonioni, hemos dedicado un texto y una ficción sonora a los lugares que sirvieron de escenario a la película. Las calles del romano barrio del EUR suenan y lucen muy distinto a cuando fueron rodadas en verano de 1962. A continuación os presentamos el podcast de la pieza sonora de 15 minutos, que fue emitida en Radio 3 el 24 de mayo de 2012 en el programa En la nube, seguido del texto que lo cimenta. Esperamos que os traslade, a falta de otros medios para viajar en el espacio-tiempo.

http://www.ivoox.com/lo-queda-del-eclipse-audios-mp3_rf_1489918_1.html

 

El edificio que queda entre el Viale della tecnica y el Viale del ciclismo es ya una casa de más de medio siglo. Era una casa recién terminado cuando Antonioni rodó El Eclipse durante el verano de 1962, en los contornos del EUR, distrito XII de Roma. Bajo su sombra Vittoria y Piero jugaban al cortejo como si nada hubiera ocurrido antes de aquel mes de julio.

 

Viendo una y otra vez la película, juraría que para crear la indefinición que la domina, el equipo de arte de Antonioni desplegó tapices de esparto para ocultar el interior del edificio y ensanchó el área de la construcción a los bordes de las aceras. Fingió una edificación en proceso ocultándola de la vista como ocurre durante los eclipses. De todos los andamios que se levantaban en Roma, éste sería aquel con fines más extraños: Convertirse en símbolo de una relación en obras pero sin mostrar sus cimientos ni pilares.

 

En el bajo del edificio hay un parque de bomberos con al menos dos de ellos dentro. Se escuchan bromas y risas con acento romancesco entre el perturbador ruido de tráfico. Los árboles de alrededor suman 50 anillos y una decena de metros más. Sus raíces han roto el cemento de las aceras. Los autobuses siguen pasando regularmente. Un titular que leía un periódico en la película sigue más vigente que nunca. La pace è debole, la paz es débil. En los aledaños, el velódromo ha dejado de existir. Las digestiones Bauhaus pasadas por el capitalismo urbanístico de los 50 han cobrado pátina. La misma que durante siglos ha recubierto el mármol travertino con que se levantó la que fue capital de un imperio.

Mientras observo el bloque cincuentenario me percato de la presencia de una mujer también de unos 50 años con un bolso de mano. Puede que más bien sean 40 demasiado vividos. Acaso era una niña en 1962 y se encuentra en el mismo lugar en que Antonioni rodara a una mujer en actitud similar para los minutos finales de El Eclipse. Cansancio en los ojos. Dolor en las piernas. Oscila su peso de la una a la otra como si esperara, pero con la mirada indiferente. Se me ocurre que podría aguardar algo importante, como la llegada de la Exposición Universal de Roma, soñada por Benito Mussolini en los años 30. El diseño del EUR fue encargado a los más cotizados arquitectos italianos del momento para albergarla. Crearon una maqueta a escala real de lo que hubiera sido la nueva Roma si los fascismos hubiesen salido triunfantes tras la Segunda Guerra Mundial. Una ciudad para los negocios, la cultura y la vida. Hecha a medida del hombre moderno como rezaba el manifiesto futurista.

 

El EUR es un caso inédito en Europa. Tras la guerra, el proyecto se retomó en los años 50. Supuso para la ciudad un San Pablo de urbanismo fascista en el nuevo orden romano. Una generación de italianos comenzó a dar sus primeros pasos por ésas calles de nombres tecnológicos y humanísticos. Hoy habitan los mismos apartamentos cuadrados siendo ya abuelos. La ciudad respira la melancolía Italiana del siglo XXI, y el barrio se ve como la jóven promesa que ha envejecido y perdido la bandera de una nueva manera de vivir. Aquí la autocomplacencia romana se disipa un poco mejor que en el casco histórico. Recordemos la angustia de Monica Vitti cuando abre una ventana en un viejo edifico del centro de Roma buscando la escapatoria de un pasado que abruma. El EUR supuso una vida nueva en todos los sentidos.

 

Un FIAT para ante la mujer impaciente. Ella se acerca a la ventanilla del acompañante, se apoya y comienza una negociación. Todo empieza a cuadrar. Los resortes sociales más vergonzantes siguen en uso como pilar ciego del EUR. La mujer que Antonioni rodó en ese lugar era una prostituta a la espera de clientes. Hoy en día, su más reciente predecesora continúa trabajando allí. Desconozco si la que hace 50 años paraba en esa esquina fue realmente a trabajar y Antonioni decidió filmarla o bien si era una actriz interpretando para su director. El mismo año Pasolini dedicaba una película a una prostituta y a su intento de ascender desde los márgenes sociales hasta la burguesía. Mama Roma se rodó a unos kilómetros de allí en los barrios no tan cool y en los que clases más humildes también comenzaban una nueva vida. En las inmediaciones de la Vía Tuscolana podemos ver a través de ruinas el pasado. Como en el resto de Roma, la ciudad se reconstruye estrato sobre estrato, haciendo que todos convivan. Aún asoman amorfas moles de arquitectura imperial del Parco degli Accuedotti. Una carcajada femenina vuelve a llamar mi atención, ella sube al FIAT y él arranca. La tarde avanza hacia el ocaso.

 

Paseo por el barrio. Llego a la Via del´Antartida a través de la Via dell´Esperanto. Me planto ante el chalet en el que se rodó el comienzo de la película. Pertenece a una pareja de ancianos amables. Saben que allí se rodó la secuencia que abre la película cuando era un chalet solitario y snob en mitad de un paisaje lunar. No parece importarles mucho que un Francesco Rabal de ficción fuera abandonado por su novia entre esos muros. Un gesto ejemplar que hace 50 años constituía una fuerte lección feminista en un país conservador. Vittoria asciende el Viale Dell´Umanesimo y pasa bajo la sombra del Fungo del EUR.

La torre de aguas llamada el Fungo, se levanta como insignia de la modernidad estética coronando el barrio. Arquitectura civil con el aspecto de la sombra de un hongo nuclear bajo el que surge un estilo de vida que recicla dudosamente las tesis futuristas. Una guerra separa ambos momentos. Tristemente vigente como faro en latencia de una guerra nuclear, el Fungo abre sus puertas a los visitantes en su nueva utilidad de restaurante panorámico.

 

Igual que en La Aventura, Antonioni comienza El Eclipse con una separación y también como en aquella, continúa con la construcción de un vago noviazgo. Un paseo por las localizaciones de la película nos demuestra la vigencia del pensamiento de Antonioni. Hoy en día paisajes de pisos en estructura se acumulan unos kilómetros más hacia las afueras tras el último boom urbanístico. Igual que en Franckfort, Marsella o Madrid los carteles fluorescentes con un  SE VENDE parecen más un lamento que un llamamiento. La diferencia es que no habrá una generación que los habite. Nadie podrá comprarlos. El trafico ha pasado la hora punta. Llego al punto de partida y me planto frente al palazzo del Viale della Tecnica, como esperando presenciar el encuentro que nunca fue entre Piero y Vittoria. Nadie aparece y comienza a oscurecer. Sólo se siente a lo lejos el ruido de un motor. Ha pasado menos de una hora y el Fiat vuelve para dejar descender a nuestra prostituta de turno y salir por donde vino. Las bombillas de las farolas se prenden. Tal y como dijo Marinetti asesinamos el claro de luna cuando nos cegamos con su resplandor. Aunque la Luna no será nunca sustituida lo parecerá. La ciudad lo intentará incansablemente como desde hace casi un siglo. Proyectará luz para cegar nuestra visión del cielo. Antonioni nos lo contaba cincuenta años atrás en ese mismo lugar. La prostituta se atusa el pelo de nuevo y enciende una scigaretta. Se percata de mi presencia. Me observa como suplicando que la saque de ese lugar, aunque sea por media hora. Yo aparto la mirada y sigo caminando como un transeúnte más en la ciudad.

 

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